La resonancia de los suplicios

El suplicio penal no cubre cualquier castigo corporal: es una producción diferenciada de sufrimientos, un ritual organizado para la marcación de las víctimas y la manifestación del poder que castiga, y no la exasperación de una justicia que, olvidándose de sus principios, pierde toda moderación. En los "excesos" de los suplicios, se manifiesta toda una economía del poder. Michel Foucault, Vigilar y castigar, Siglo XXI editores, Buenos Aires (2002)

Nombre: blanconegro
Ubicación: Argentina

10 noviembre 2008

Alina

Se despierta temprano, se viste, lava su cara aniñada, peina su cabello largo y abre la ventana, de golpe, para que la sorprenda el afuera.
Es un día de esos en que el sol se regala pleno. El aire, quieto y transparente, dibuja los árboles como acariciándolos.
Flores que hasta ayer ni siquiera se adivinaban, relucen sus colores con orgullo, desafiantes.
Hay un zumbido extraño, mezcla de ruidos y silencios, en el que confluyen voces, cantos, gritos, trinos y el sonido ahora sereno del mar.
Alina respira profundo, feliz de encontrar todas las cosas que ama, las que la hicieron elegir este sitio, del que ya no se marchará.
Atrás quedaron sus miedos, sus fantasmas, sus sombras.
Quedaron lejos, entre rascacielos que ya no quiere ni siquiera recordar, entre horarios que ya no deberá cumplir.
Algunas veces, una carta llega con salpicaduras de aquel pasado.
Sin leerla, sólo recorta cuidadosamente las estampillas y las coloca en un álbum que ya casi no crece.
Toma una botella vacía, pone dentro de ella la carta y un beso, la tapa y la arroja al mar.
Luego, aplaude, ríe y grita vivas al mensaje que se aleja entre las olas.
Al atardecer, Alina camina lento, atraviesa su jardín de caracolas, pasa al camino de madera desteñida, sube las dunas, respira profundo, mira hacia el mar.
Un velero avanza perezozo, lo siguen algunas gaviotas.
Sobre la arena, las algas trazan figuras ennegrecidas, ideogramas que cuentan historias en un idioma que sólo ella entiende.